dilluns, 18 d’abril de 2016

Quito: Bona nit…

Es un privilegio escuchar la voz comprometida y musical de Joan Isaac. Ya lo hemos tenido tres veces en Quito y celebramos que su canto haya saltado por encima de los diez mil kilómetros que nos separan para traernos su vuelo poético. La música y la canción de Joan también han saltado por encima de la barrera que significan sus letras en catalán porque, cuando nos acercamos a su contenido,  el disfrute se mantiene intacto.

En esta ocasión, el bello escenario fue el Auditorio del Centro Cultural de la PUCE.  A la hora del concierto la ciudad estaba castigada por la lluvia y el frío, y por un atasco endemoniado de autos.  Pero con la tozudez que anima a quienes esperan grandes momentos, allí  en el recinto se hizo presente un público que venció en todos los retos.  Abrió el concierto Fabián Jarrín, cantautor ecuatoriano, conocido en el medio. Irreverente, poético, sensible y creativo. Cantor amigo, y ya él mismo, con o sin música, es un homenaje a los lindos seres humanos.  Aplausos bien merecidos para el nuestro.

Y luego venía Joan Isaac. La serena expectativa se vio justificada cuando sonaron los primeros acordes del piano brujo de Antoni-Olaf Sabater. Y se justificó porque, adentro, con la calidez del recinto y de los aplausos, nos olvidamos de la ciudad enloquecida y sentimos nuestra la letra cuando nos cantó “Gracias Vida, Gracias” y nos miramos en cada verso y supimos que era verdad que, a pesar de las largas noches oscuras o precisamente por ellas,  era posible y además necesario seguir soñando.

Y allí, en medio de la vida de todos, en cada momento, aun sin saberlo, vistiendo todos los ropajes y disfraces posibles e imposibles, oculto tantas veces y aunque suene a clisé, el amor.  “Te amo cuando sigo los rastros que has dejado que me llevan a tus brazos después de un temporal”.  Entonces ya, con seguridad, ninguno de los presentes recordaba la lluvia ni la locura de las calles afuera, allá, lejos, lejísimos, aunque estuviera a pocos metros.

Y así siguió el concierto, con espacio para tantos sentimientos. El dolor de Alicia frente al espejo, una declaración universal de deseos inconfesables pero confesados, y la confesión de lo que estaríamos dispuestos a dar, y de las lunas, alguna secreta, que guardamos en el pecho.  Y la pregunta urgente de dónde está la gente, y el canto de amor a las hijas, y el adiós a los amigos que, aunque ausentes para siempre, nunca podrán marcharse.  Y después de un abanico lleno de colores y nostalgias, Manfred. Y como la crueldad de Joan no tiene límites, Margarida.

Queremos mucho a Joan. Pero no le podremos perdonar jamás que cante estas canciones. Y tampoco le podríamos perdonar que no las cante. Es que cuando las escuchamos y las recordamos y después nos encontramos con alguien más, tenemos que inventar disculpas nuevas para ojos tocados por las lágrimas.

Te queremos como hermano, Joan, pero esta y otras letras, no te las perdonamos, porque nos van a conmover por siempre, Joan. “No sé dónde estás Margarida, más si este canto te llega, tómalo como un beso, grita el nombre de tu amante: bandera negra en el corazón.” Ni la historia de Manfred. No te la perdonamos. Y te queremos mucho, Maestro.

Ramiro Diez 

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